Mis temores eran infundados, sin embargo, ya que los otros marcianos, al principio mudos de asombro, estallaron finalmente en salvajes carcajadas y aplausos. No reconocí el aplauso como tal, pero más tarde, cuando hube familiarizado con sus costumbres, supe que me había ganado lo que rara vez conceden, una manifestación de aprobación.
El individuo a quien había golpeado yacía donde había caído, ni ninguno de sus compañeros se le acercó.
Tars Tarkas avanzó hacia mí extendiendo uno de sus brazos, y así nos dirigimos a la plaza sin mayor contratiempo.
No sabía, por supuesto, la razón por la cual habíamos venido al espacio abierto, pero no tardé en ser iluminado. Primero repitieron la palabra «sak» varias veces, y luego Tars Tarkas dio varios saltos, repitiendo la misma palabra antes de cada brinco; después, volviéndose hacia mí, dijo: «¡sak!».
Comprendí lo que buscaban y, concentrándome, «sakeé» con tan maravilloso éxito que salvé tranquilamente ciento cincuenta pies; ni perdí, esta vez, el equilibrio, sino que aterricé firmemente sobre mis pies sin caer.
Luego regresé mediante fáciles saltos de veinticinco o treinta pies hasta el pequeño grupo de guerreros.