algo peor que la muerte.
No contesté, sino que llevé la mano a mi costado y apreté los pequeños dedos de la mujer que amaba, los cuales se aferraban a mí en busca de apoyo; y luego, en un silencio absoluto, surcamos el musgo amarillo y bañado por la luna, cada uno de nosotros ocupado en sus propios pensamientos.
Por mi parte, me habría sido imposible no estar alegre aunque lo hubiera intentado, pues con el cálido cuerpo de Dejah Thoris apretado contra el mío, y a pesar de todo el peligro que aún teníamos por delante, mi corazón cantaba con tanta alegría como si ya estuviéramos cruzando las puertas de Helium.
Nuestros primeros planes se habían visto tan tristemente alterados que ahora nos hallábamos sin comida ni bebida, y yo era el único que iba armado. Por consiguiente, incitamos a nuestras bestias a una velocidad que debía de agotarlas gravemente antes de que pudiéramos abrigar la esperanza de divisar el final de la primera etapa de nuestro viaje.