Una pelea que ganó amigos
Aquello, que se parecía mucho más a nuestros hombres terrestres que a los marcianos que había visto, me tenía sujeto contra el suelo con un pie enorme, mientras par parloteaba y gesticulaba hacia otra criatura que respondía detrás de mí.
Esta otra, que evidentemente era su pareja, no tardó en acercarse a nosotros, cargando con una poderosa maza de piedra con la que sin duda tenía la intención de des me la cabeza.
Las criaturas medían unos diez o quince pies de altura, erguidas, y tenían, al igual que los marcianos verdes, un juego intermediario de brazos o piernas, a mitad de camino entre sus extremidades superiores e inferiores. Sus ojos estaban muy juntos y no eran saltones; sus orejas eran de implantación alta, pero situadas más lateralmente que las de los marcianos, mientras que sus hocicos y dientes eran llamativamente similares a los de nuestro gorila africano. En conjunto, no eran desagradables a la vista si se les comparaba con los marcianos verdes.
La porra describía el arco que iba a terminar sobre mi rostro vuelto hacia arriba, cuando un rayo de horror de miríada de patas se precipitó a través del umbral directamente sobre el pecho de mi verdugo.
Con un chillido de miedo, el simio que me sostenía saltó por la ventana abierta, pero su pareja se trabó en una terrorífica lucha a muerte con mi salvador, que no era otra cosa que mi fiel guardián; no me atrevo a llamar perro a una criatura tan hedionda.