En la fábrica de la atmósfera
Durante dos días esperé allí a Kantos Kan, pero como no vino, emprendí la marcha a pie en dirección noroeste hacia un punto donde me había dicho que se encontraba la vía fluvial más cercana. Mi único alimento consistió en la leche vegetal de las plantas que tan generosamente proveían este líquido invaluable.
Durante dos largas semanas deambulé, tambaleándome a través de las noches guiado únicamente por las estrellas y ocultándome durante los días tras alguna roca saliente o entre las ocasionales colinas que atravesaba.
Varias veces fui atacado por bestias salvajes; monstruosidades extrañas y toscas que se abalanzaban sobre mí en la oscuridad, de modo que siempre tenía que aferrar mi espada larga en la mano para estar preparado para ellas.
Por lo general, mi extraño y recién adquirido poder telepático me advertía con tiempo suficiente, pero una vez caí al suelo con feroces colmillos en mi yugular y una cara peluda presionada contra la mía antes de saber que siquiera estaba amenazado.
No sabía qué clase de criatura se había posado sobre mí, pero podía sentir que era grande, pesada y de muchas patas. Mis antes que los colmillos tuvieran la oportunidad de clavarse en mi cuello, y con lentitud aparté de mí la cara peluda y cerré los dedos, como un tornillo de banco, en torno a su tráquea.