se encontraba ahora Than Kosis frente a mí, con la espada larga desenvainada. En un instante entablé combate con él, y descubrí que no era un adversario cualquiera.
Al dar la vuelta sobre la amplia plataforma vi a Sab Than apresurarse a subir los escalones para ayudar a su padre, pero, cuando levantó la mano para golpear, Dejah Thoris se interpuso ante él y entonces mi espada encontró el lugar que convirtió a Sab Than en jeddak de Zodanga.
Mientras su padre rodaba sin vida por el suelo, el nuevo jeddak se liberó del alcance de Dejah Thoris y de nuevo nos enfrentamos. Pronto se le unió un cuarteto de oficiales y, con mi espalda contra un trono de oro, luché una vez más por Dejah Thoris.
Me costaba mucho trabajo defenderme y, al mismo tiempo, no derribar a Sab Than y, con él, mi última oportunidad de ganar a la mujer que amaba. Mi hoja se mecía con la rapidez del relámpago mientras intentaba parar las estocadas y tajos de mis adversarios. A dos había desarmado y uno había caído, cuando varios más corrieron en auxilio de su nuevo gobernante y para vengar la muerte del viejo.
A medida que avanzaban, se oían gritos de «¡A la mujer! ¡A la mujer! Abatedía; es su complot. ¡Matadla! ¡Matadla!».
Llamando a Dejah Thoris para que se pusiera detrás de mí, me abrí paso hacia la pequeña puerta detrás del trono, pero los oficiales se dieron cuenta de mis intenciones, y tres de ellos se abalanzaron detrás de mí y bloquearon mis posibilidades de ganar una posición donde pudiera haber defendido a Dejah Thoris contra un ejército de espadachines.
Los tharks se veían en apuros en el centro de la habitación, y comencé a darme cuenta de que nada que no fuera un milagro podría salvarnos a Dejah Thoris y a mí, cuando vi a Tars Tarkas abriéndose paso a empujones entre la multitud de pigmeos que lo rodeaban. Con un solo