«Pues bien, cualquier escolar en Barsoom conoce la geografía, y gran parte de lo relativo a la fauna y la flora, así como la historia de vuestro planeta tan bien como la del suyo propio. ¿Acaso no podemos ver todo lo que ocurre sobre la Tierra, como la llamáis; no está acaso ahí colgada en los cielos a la vista de todos?»
Esto me dejó desconcertado, debo confesar, tanto al menos como mis palabras la habían confundido a ella; y así se lo hice saber.
Ella me explicó entonces, a grandes rasgos, los aparatos que su pueblo había utilizado y perfeccionado durante eras, los cuales les permiten proyectar sobre una pantalla una imagen perfecta de lo que está ocurriendo en cualquier planeta y en muchas de las estrellas. Estas imágenes son tan perfectas en sus detalles que, al fotografiarlas y ampliarlas, es posible distinguir con claridad objetos no mayores que una brizna de hierba.
Más tarde, en Helium, vi muchas de estas imágenes, así como los instrumentos que las producían.
—Si tan familiarizado estás, pues, con las cosas terrenas —le pregunté—, ¿cómo es que no me reconoces como idéntico a los habitantes de ese planeta?
Volvió a sonreír con la condescendencia aburrida con la que uno toleraría las preguntas de un niño.
—Porque, John Carter —respondió ella—, casi todos los planetas y estrellas cuyas condiciones atmosféricas se aproximan siquiera a las de Barsoom presentan formas de vida animal casi idénticas a ti y a mí; y, además, los hombres de la Tierra, casi sin excepción, cubren sus cuerpos con extraños y des ၁antojosos trozos de tela, y sus cabezas con espantosos artilugios cuyo propósito no hemos podido concebir; mientras que tú, cuando fuiste encontrado por los guerreros tharks, estabas completamente libre de afeites y adornos.