siquiera ese temor te tentaría a intervenir en nuestra huida, pero te queremos con nosotros, queremos que vengas a una tierra de sol y felicidad, entre un pueblo que conoce el significado del amor, de la simpatía y de la gratitud. Di que lo harás, Sola; dime que lo harás.
—La gran vía fluvial que conduce a Helium está a sólo cincuenta millas hacia el sur —murmuró Sola, medio para sus adentros—; un veloz thoat podría llegar en tres horas; y desde allí hasta Helium son quinientas millas, la mayor parte a través de regiones poco pobladas.
Nos reconocerían y nos seguirían. Podríamos ocultarnos entre los grandes árboles por un tiempo, pero las posibilidades de escapar son en verdad muy escasas. Nos seguirían hasta las mismas puertas de Helium, y cobrarían su peaje en vidas a cada paso; ustedes no los conocen.
—¿No hay otra manera de llegar a Helium? —pregunté—. ¿No puedes hacerme un mapa aproximado del país que debemos atravesar, Dejah Thoris?
—Sí —respondió, y tomando un gran diamante de su cabello, trazó sobre el suelo de mármol el primer mapa de territorio barsoomiano que jamás había visto.
Estaba entrecruzado en todas direcciones con largas líneas rectas, que a veces corrían paralelas y a veces convergían hacia algún gran círculo.
Las líneas, dijo, eran vías fluviales; los círculos, ciudades; y una muy al noroeste de nuestra posición la señaló como Helium. Había otras ciudades más cercanas, pero dijo que temía entrar en muchas de ellas, ya que no todas eran amistosas con Helium.
Finalmente, tras estudiar el mapa con atención a la luz de la luna que ahora inundaba la estancia, señalé una vía fluvial muy al norte de nosotros que también parecía conducir a Helium.