Ellas fabrican la pólvora, los cartuchos, las armas de fuego; de hecho, todo lo que tiene valor es producido por las hembras. En tiempos de guerra real forman parte de las reservas y, cuando surge la necesidad, luchan con aún mayor inteligencia y ferocidad que los hombres.
Los hombres están entrenados en las ramas superiores del arte de la guerra; en la estrategia y en la maniobra de grandes cuerpos de tropas.
Dictan las leyes a medida que se necesitan; una ley nueva para cada emergencia. No están atados por los precedentes en la administración de justicia.
Las costumbres se han transmitido mediante siglos de repetición, pero el castigo por ignorar una costumbre es asunto de tratamiento individual por parte de un jurado compuesto por los pares del culpable, y puedo decir que la justicia rara vez falla, sino que más bien parece reinar en proporción inversa al predominio de la ley.
En un aspecto al menos, los marcianos son un pueblo feliz; no tienen abogados.
No volví a ver a la prisionera hasta varios días después de nuestro primer encuentro, y aun entonces solo pude vislumbrarla brevemente mientras la conducían a la gran sala de audiencias donde yo había tenido mi primera reunión con Lorquas Ptomel.
No pude menos que notar la crueldad y la brutalidad innecesarias con las que la trataban sus guardias; tan diferentes de la amabilidad casi maternal que Sola mostraba hacia mí, y de la actitud respetuosa de los pocos marcianos verdes que se tomaban la molestia de reparar en mí.
Había observado en las dos ocasiones en que la había visto que la prisionera intercambiaba palabras con sus guardias, y esto me convenció