Había atravesado una garganta estrecha y saliente justo antes de entrar de repente en aquella meseta, y el espectáculo que salió al encuentro de mis ojos me llenó de consternación y desconcierto.
El pequeño tramo de terreno llano era blanco de tipis indios, y probablemente medio millar de guerreros pieles rojas se agrupaba en torno a algún objeto cerca del centro del campamento.
Su atención estaba tan totalmente clavada en este punto de interés que no repararon en mí, y bien habría podido volverme hacia los oscuros recovecos del desfiladero y escapar con perfecta seguridad.
El hecho, sin embargo, de que este pensamiento no se me ocurriera hasta el día siguiente elimina cualquier derecho posible a la condición de héroe a la que la narración de este episodio de otro modo tal vez me daría derecho.
No creo estar hecho de la pasta que constituye a los héroes, porque, en todos los cientos de ocasiones en que mis actos voluntarios me han puesto cara a cara con la muerte, no puedo recordar ni una sola en la que se me haya ocurrido un paso alternativo al que di hasta muchas horas después.
Mi mente está evidentemente constituida de tal modo que me veo empujado subconscientemente hacia la senda del deber sin recurrir a fatigosos procesos mentales. Sea como fuere, nunca he lamentado que la cobardía no sea opcional para mí.
En esta ocasión estaba, por supuesto, seguro de que Powell era el centro de atracción, pero si pensé o actué primero no lo sé; sin embargo, al instante siguiente de que la escena apareció ante mi vista, había sacado mis revólveres y cargaba contra todo el ejército de guerreros, disparando rápidamente y gritando a pleno pulmón.