Cuando su mirada se posó en mí, sus ojos se abrieron de par en par con asombro, y hizo una pequeña seña con su mano libre; una seña que yo, por supuesto, no comprendí.
Durante apenas un instante nos contemplamos mutuamente, y luego la expresión de esperanza y renovado valor que había iluminado su rostro al descubrirme se desvaneció en una de absoluto abatimiento, mezclado con repugnancia y desprecio.
Comprendí que no había respondido a su señal y, por ignorante que fuera de las costumbres marcianas, intuitivamente sentí que ella había hecho una súplica de auxilio y protección que mi desafortunada ignorancia me había impedido contestar.
Y entonces fue arrastrada fuera de mi vista hacia las profundidades del edificio desértico.