descuidados, y solíamos ridiculizar las historias que habíamos oído sobre el gran número de estos viciosos merodeadores que se suponía acechaban los senderos, cobrándose un peaje en vidas y torturas de cada partida de blancos que caía en sus despiadadas garras.
Powell, bien lo sabía yo, iba bien armado y era, además, un experimentado luchador contra los indios; pero yo también había vivido y luchado durante años entre los siux en el norte, y sabía que sus probabilidades eran escasas contra un grupo de astutos apaches que venían tras su rastro.
Por fin no pude soportar más la tensión y, armándome con mis dos revólveres Colt y una carabina, me crucé dos cartucheras al cinto y, atrapando a mi caballo de silla, emprendí la marcha por el sendero que Powell había tomado por la mañana.
Tan pronto hube alcanzado un terreno comparativamente llano, insté a mi montura a un medio galope y continué así, allí donde el firme lo permitía, hasta que, cerca ya del atardecer, descubrí el punto donde otros rastros se unían a los de Powell.
Eran las huellas de ponis sin herrar, tres en total, y los ponis habían estado galopando.
Lo seguí con rapidez hasta que, al caer la oscuridad, me vi obligado a esperar la salida de la luna, lo que me dio la oportunidad de reflexionar sobre la sensatez de mi persecución. Posiblemente me había forjado peligros imposibles, como una vieja y nerviosa dueña de casa, y al alcanzar a Powell me echaría a reír por mi esfuerzo. Sin embargo, no soy propenso a la sensiblería, y seguir el sentido del deber, dondequiera que este conduzca, ha sido siempre una especie de