detuviéramos, mano a mano ante nuestro pequeño santuario, haciendo planes para el futuro, cuando la delicada cáscara se rompiera.
Tengo muy vívida en la memoria la imagen de la última noche, mientras estábamos allí sentados conversando en voz baja sobre el extraño romance que había entrelazado nuestras vidas y sobre esta maravilla que venía a acrecentar nuestra felicidad y a cumplir nuestras esperanzas.
En la distancia vimos la luz blanca y brillante de una astronave que se acercaba, pero no le dimos especial importancia a un espectáculo tan común. Como un rayo corrió hacia Helium hasta que su misma velocidad delató lo insólito.
Haciendo parpadear las señales que proclamaban que era un mensajero del jeddak, dio vueltas impaciente en espera de la tardía lancha patrulla que debía escoltarlo hasta los muelles del palacio.
Diez minutos después de haber llegado al palacio, un mensaje me llamó a la cámara del consejo, que encontré llenándose con los miembros de dicho cuerpo.
Sobre la elevada plataforma del trono estaba Tardos Mors, caminando de un lado a otro con el rostro marcado por la tensión. Cuando todos hubieron ocupado sus asientos, se volvió hacia nosotros.
—Esta mañana —dijo—, llegó la noticia a los distintos gobiernos de Barsoom de que el encargado de la planta generadora de atmósfera no había emitido ningún informe por radio desde hacía dos días, ni las llamadas casi incesantes que le habían hecho desde una veintena de capitales habían obtenido señal de respuesta alguna.
“Los embajadores de las otras naciones nos pidieron que tomáramos cartas en el asunto y urgiéramos al ayudante del cuidador a ir a la planta. Durante todo el día, un millar de cruceros lo han estado buscando hasta