Este producto es tratado luego eléctricamente, o más bien se le incorporan ciertas proporciones de vibraciones eléctricas refinadas, y el resultado es bombeado entonces a los cinco centros aéreos principales del planeta donde, al ser liberado, el contacto con el éter del espacio lo transforma en atmósfera.
Siempre hay una reserva suficiente del noveno rayo almacenada en el gran edificio para mantener la actual atmósfera marciana durante mil años, y el único temor, como me dijo mi nuevo amigo, era que algún accidente pudiera ocurrirle al aparato de bombeo.
Me condujo a una cámara interior donde contemplé una batería de veinte bombas de radio, cualquiera de las cuales bastaba para abastecer a todo Marte del compuesto atmosférico.
Durante ochocientos años, me dijo, había vigilado estas bombas, que se utilizan alternadamente un día seguido cada una, o algo más de veinticuatro horas y media terrestres. Tiene un ayudante que se divide la guardia con él.
Medio año marciano, unos trescientos cuarenta y cuatro días nuestros, pasa cada uno de estos hombres a solas en esta enorme y aislada planta.
A todo marciano rojo se le enseñan durante su más tierna infancia los principios de la fabricación de la atmósfera, pero solo dos personas al mismo tiempo poseen jamás el secreto de entrada al gran edificio que, construido como está con muros de ciento cincuenta pies de espesor, es absolutamente inexpugnable, estando incluso el techo protegido contra ataques de naves aéreas por una cubierta de vidrio de cinco pies de espesor.
El único temor que albergan de un ataque es por parte de los marcianos verdes o de algún hombre rojo dementado, pues todos los barsoomianos comprenden que la existencia misma de toda forma de vida en Marte depende del funcionamiento ininterrumpido de esta planta.