noche, y la rápida estocada de un largo puñal y las palabras a medias: «Lo siento, pero es por el mayor bien de Barsoom».
Al cerrar tras de sí la puerta de mi aposento, sus pensamientos se cortaron para mí al igual que su vista, lo cual me pareció extraño dado mi escaso conocimiento de la transferencia del pensamiento.
¿Qué iba a hacer? ¿Cómo podía escapar a través de estos poderosos muros? Fácilmente podría matarlo ahora que estaba advertido, pero una vez muerto, me sería aún menos posible escapar, y con la detención de la maquinaria de la gran planta, yo moriría junto con todos los demás habitantes del planeta—todos, incluso Dejah Thoris, si es que no estaba ya muerta. Por los demás no daba un chasquido de dedos, pero el pensamiento de Dejah Thoris apartó de mi mente todo deseo de matar a mi equivocado anfitrión.
Con cautela abrí la puerta de mi apartamento y, seguido por Woola, busqué el interior de las grandes puertas. Un plan descabellado había acudido a mí: intentaría forzar las grandes cerraduras mediante las nueve ondas de pensamiento que había leído en la mente de mi anfitrión.
Avanzando furtivamente de pasillo en pasillo y por corredores serpenteantes que torcían de un lado a otro, llegué por fin al gran salón en el que había roto mi largo ayuno aquella mañana.
En ninguna parte había visto a mi anfitrión, ni sabía dónde se guarecía por la noche.
Estaba a punto de dar un paso audaz hacia la habitación cuando un leve ruido a mis espaldas me advirtió que volviera a las sombras de un recodo en el corredor. Arrastrando a Woola conmigo, me agaché en la oscuridad.
Poco después, el anciano pasó muy cerca de mí y, al entrar en la estancia penumbrosa por la que yo estaba a punto de pasar, vi que sostenía un