tal había decidido que debía ser.
Mi esfuerzo se vio coronado por un éxito que me aterrorizó tanto como pareció sorprender a los guerreros marcianos, pues me impulsó por completo a treinta pies en el aire y me arrojó a cien pies de mis perseguidores y al lado opuesto del recinto.
Descendí sobre el musgo blando con facilidad y sin contratiempos, y al girarme vi a mis enemigos alineados a lo largo del muro de enfrente. Algunos me examinaban con expresiones que más tarde descubrí que denotaban un asombro extremo, y los demás se estaban cerciorando evidentemente de que yo no había molestado a sus crías.
Conversaban entre ellos en voz baja, gesticulando y señalando hacia mí. El descubrimiento de que no había hecho daño a los pequeños marcianos y de que iba desarmado debió de hacer que me miraran con menos ferocidad; pero, como iba a saber más tarde, lo que más pesó a mi favor fue mi exhibición de saltos de vallas.