volvió difícil en las mayores alturas de los tejados. Las avenidas y plazas de Helium estaban llenas de gente. Todo comercio había cesado. En su mayor parte, la gente miraba valientemente a la cara de su inalterable destino. Aquí y allá, sin embargo, hombres y mujeres se entregaban a un silencioso dolor.
Hacia la mitad del día muchos de los más débiles comenzaron a sucumbir y en menos de una hora los habitantes de Barsoom caían por millares en la inconsciencia que precede a la muerte por asfixia.
Dejah Thoris y yo, junto con los demás miembros de la familia real, nos habíamos reunido en un jardín hundido dentro de un patio interior del palacio. Conversábamos en tonos bajos, cuando es que conversábamos, a medida que la sobrecogedora y sombría sombra de la muerte se apoderaba de nosotros. Incluso Woola parecía sentir el peso de la inminente calamidad, pues se apretaba contra Dejah Thoris y contra mí, gimiendo lastimeramente.
La pequeña incubadora había sido traída desde el tejado de nuestro palacio a petición de Dejah Thoris, y ella se sentaba a contemplar con añoranza aquella pequeña vida desconocida que ahora jamás llegaría a conocer.
Como empezaba a ser perceptiblemente difícil respirar, Tardos Mors se levantó y dijo:
“Despidámonos el uno del otro. Los días de la grandeza de Barsoom han terminado. El sol de mañana contemplará un mundo muerto que por toda la eternidad continuará girando por los cielos, poblado ni siquiera por recuerdos. Es el fin”.
Se inclinó y besó a las mujeres de su familia, y apoyó su fuerte mano sobre los hombros de los hombres.