—Sarkoja es una mentirosa de la peor especie —repliqué—, a pesar de la orgullosa pretensión de los tharks a la veracidad absoluta.
Dejah Thoris se rio.
“Sabía que aunque te convirtieras en miembro de la comunidad no dejarías de ser mi amigo; «Un guerrero puede cambiar su metal, pero no su corazón», como dice el refrán en Barsoom”.
—Creo que han estado intentando mantenernos separados —continuó—, pues siempre que has estado libre de servicio, una de las mujeres mayores del séquito de Tars Tarkas se ha ingeniado alguna excusa para apartar a Sola y a mí de tu vista.
Me han tenido abajo, en los fosos bajo los edificios, ayudándolas a mezclar su horrible polvo de radio y a fabricar sus terribles proyectiles. Ya sabes que estos deben elaborarse con luz artificial, ya que la exposición a la luz solar siempre provoca una explosión.
¿Te has fijado en que sus balas explotan al chocar contra un objeto? Pues bien, la capa exterior opaca se rompe con el impacto y deja al descubierto un cilindro de vidrio, casi macizo, en cuyo extremo delantero hay una diminuta partícula de polvo de radio. En cuanto la luz del sol, aunque sea difusa, alcanza este polvo, explota con una violencia a la que nada puede resistirse.
Si alguna vez presencias una batalla nocturna, notarás la ausencia de estas explosiones, mientras que la mañana posterior a la batalla se llenará, al salir el sol, de las agudas detonaciones de los proyectiles explosivos disparados la noche anterior. Por regla general, sin embargo, por la noche se emplean proyectiles no explosivos.
Si bien me interesó mucho la explicación que dio Dejah Thoris sobre este maravilloso complemento de la guerra marciana, me preocupaba más el