unos diez sobrevivientes de la tripulación original de setecientos oficiales y hombres. Inmediatamente siete grandes flotas, cada una de cien poderosos buques de guerra, habían sido despachadas en busca de Dejah Thoris, y de estas naves dos mil embarcaciones más pequeñas se habían mantenido desplegadas continuamente en una búsqueda inútil de la princesa desaparecida.
Dos comunidades de marcianos verdes habían sido borradas de la faz de Barsoom por las flotas vengadoras, pero no se había encontrado rastro alguno de Dejah Thoris.
Habían estado buscando entre las hordas del norte, y solo en los últimos días habían extendido su búsqueda hacia el sur.
Kantos Kan había sido asignado a uno de los pequeños planeadores monoplaza y había tenido la desgracia de ser descubierto por los warhoones mientras exploraba su ciudad. La valentía y el atrevimiento del hombre se ganaron mi mayor respeto y admiración.
Solo había aterrizado en los límites de la ciudad y a pie se había adentrado en los edificios que rodeaban la plaza. Durante dos días y noches había explorado sus dependencias y sus mazmorras en busca de su amada princesa, solo para caer en manos de un grupo de warhoones cuando estaba a punto de marchar, tras haberse cerciorado de que Dejah Thoris no era prisionera allí.
Durante el periodo de nuestro encarcelamiento, Kantos Kan y yo nos familiarizamos mucho y forjamos una cálida amistad personal. Pocos días transcurrieron, sin embargo, antes de que fuéramos arrastrados fuera de nuestra mazmorra para los grandes juegos. Nos condujeron temprano una mañana a un enorme anfiteatro que, en vez de