Yo solo, no podría haber seguido mejores tácticas, pues los pieles rojas, convencidos por la repentina sorpresa de que no menos que un regimiento de regulares se les venía encima, dieron media vuelta y huyeron en todas direcciones en busca de sus arcos, flechas y rifles.
La vista que su apresurada huida dejó al descubierto me llenó de aprehensión y de rabia.
Bajo los claros rayos de la luna de Arizona yacía Powell, con el cuerpo erizado por las hostiles flechas de los guerreros. Estaba convencido de que ya había muerto, y sin embargo, habría salvado su cuerpo de la mutilación a manos de los apaches con la misma rapidez con que habría salvado de la muerte al hombre mismo.
Arrimándome mucho a él, me incliné desde la silla y, asiéndolo por el cartuchero, lo subí sobre la cruz de mi cabalgadura.
Una mirada hacia atrás me convenció de que regresar por el camino por el que había venido sería más peligroso que continuar a través de la meseta, así que, clavando espuelas en mi pobre bestia, me lancé a toda velocidad hacia la boca del desfiladero que distinguía al otro lado del altiplano.
Los indios ya habían descubierto para entonces que estaba solo y fui perseguido con imprecaciones, flechas y balas de rifle.
El hecho de que sea difícil apuntar con precisión a la luz de la luna a cualquier otra cosa que no sean imprecaciones, que se sintieran desconcertados por la forma repentina e inesperada de mi llegada y que yo fuera un blanco que se movía con bastante rapidez me salvó de los diversos proyectiles mortales del enemigo y me permitió alcanzar las sombras de los picos circundantes antes de que pudiera organizarse una persecución ordenada.