la hora de empezar el estribillo. Uno no espera que un hombre se detenga en mitad de un verso, se ría por lo bajo y diga que es muy gracioso, pero que está maldito si se le ocurre el resto, y que luego intente inventárselo él mismo y, después, de repente lo recuerde cuando ha llegado a una parte completamente distinta de la canción, y se detenga, sin una sola palabra de aviso, para volver atrás y soltársela allí mismo. Uno no—bueno, os daré tan solo una idea de las canciones cómicas de Harris, y así podréis juzgarlo por vosotros mismos.
De pie frente al piano y dirigiéndose a la multitud expectante.
“Me temo que es algo muy viejo, ya saben. Supongo que todos la conocen, ya saben. Pero es lo único que sé. Es la canción del juez de Pinafore —no, no quiero decir Pinafore —quiero decir—ya saben a qué me refiero—la otra cosa, ya saben. Deben unirse todos al coro, ya saben”.