Continuando.
«‘Barrí las ventanas y barrí la puerta, Y yo—’
—No—no, limpié los cristales de la gran puerta principal. Y enceré el suelo—no, rayos—te pido perdón—qué cosa, no me acuerdo de ese verso. Y yo—y yo—Bueno, pasemos al estribillo, y que sea lo que Dios quiera, canta:
“ ‘Y tararabí, tararabí, tararabí, tararabí, tararabí, tarará, Hasta que ahora soy el amo de la Real Armada.’
«Bien, el coro: son los dos últimos versos repetidos, ya sabéis.
“And he diddle-diddle-diddle-diddle-diddle-diddle-dēē’d, Till now he is the ruler of the Queen’s navēē.”
Y Harris nunca ve el ridículo que está haciendo, ni cómo está molestando a un montón de gente que nunca le ha hecho ningún daño. Sinceramente se imagina que les ha dado un gustazo, y dice que cantará otra canción cómica después de cenar.
A propósito de canciones cómicas y fiestas, me viene a la memoria un incidente bastante curioso en el que una vez participé; el cual, dado que arroja mucha luz sobre los mecanismos mentales internos de la naturaleza humana en general, creo que debería quedar registrado en estas páginas.
Éramos un grupo elegante y muy culto. Llevábamos nuestras mejores galas, hablábamos con finura y éramos muy felices—todos menos un par de jóvenes, estudiantes recién llegados de Alemania, muchachos corrientes que parecían inquietos e incómodos, como si aquello les aburriera.