Pasaron bajo el puente de Kew, de costado, a razón de ocho millas por hora. Siendo Joskins el único que remaba.
George, al recuperar su asiento, intentó ayudarle, pero al sumergir su remo en el agua, este desapareció inmediatamente bajo la barca, para su intensa sorpresa, y casi se lo lleva con él.
Y entonces «cox» arrojó por la borda ambas líneas del timón y rompió a llorar.
Cómo lograron regresar, George nunca lo supo, pero les tomó apenas cuarenta minutos. Una densa multitud observaba el espectáculo desde el puente de Kew con muchísimo interés, y todos les gritaban indicaciones distintas. Tres veces se las arreglaron para sacar la embarcación del arco, y tres veces la corriente los arrastró bajo este de nuevo, y cada vez que el "timonel" alzaba la vista y veía el puente sobre su cabeza, rompía en nuevos sollozos.
George dijo que aquella tarde se le había pasado por la cabeza muy pocas veces que llegaría a gustarle de verdad remar.
Harris está más acostumbrado al remo de mar que al de río, y dice que, como ejercicio, lo prefiere. Yo no. Recuerdo que saqué un botecito en Eastbourne el verano pasado: hacía muchos años que solía practicar bastante el remo de mar, y pensé que me iría bien; pero descubrí que había olvidado el arte por completo.
Cuando un remo se hundía profundamente en el agua, el otro se agitaba salvajemente en el aire. Para agarrarme al agua con ambos a la vez tenía que ponerme de pie. El paseo marítimo estaba lleno de nobleza y gente distinguida, y tuve que remar frente a ellos de este modo tan ridículo. Desembarqué a mitad de la playa y contraté los servicios de un viejo barquero para que me devolviera.