La gente del río empezó a interesarse bastante por él al cabo de un tiempo, y a apostar entre sí sobre cuál sería el desenlace de su siguiente empuje.
Con el tiempo mis amigos llegaron a la orilla opuesta, y se detuvieron a observarlo también. Él les daba la espalda, y solo veían su chaqueta y su gorra. A partir de esto, sacaron inmediatamente la conclusión de que era yo, su querido compañero, quien estaba haciendo el ridículo, y su alegría no conoció límites. Comenzaron a tomarle el pelo sin piedad.
Al principio no comprendí su error, y pensé: «¡Qué grosería por su parte seguir así, y además con un perfecto desconocido!». Pero antes de poder llamarles la atención y reprenderlos, caí en la cuenta de la explicación del asunto y me retiré detrás de un árbol.
¡Oh, cómo lo disfrutaban, ridiculizando a ese joven! Durante cinco buenos minutos se quedaron allí, gritándole groserías, mofándose de él, burlándose de él, escarneciéndolo. Lo acribillaron a bromas rancias, incluso inventaron algunas nuevas y se las lanzaron. Le arrojaron todos los chistes íntimos de