—¿No creerás que hemos perdido el camino, verdad? —preguntó mi compañero.
No veía cómo aquello era posible; aunque, como sugerí, tal vez hubiéramos entrado de algún modo en la corriente del azud y nos estuviéramos dirigiendo hacia la cascada.
Esta idea no la consoló en lo más lo mínimo, y rompió a llorar. Dijo que nos ahogaríamos los dos, y que era un castigo divino por haber salido conmigo.
Me parecía un castigo excesivo, pensé; pero mi prima no lo creía así, y esperaba que todo terminara pronto.
Intenté tranquilizarla y quitarle hierro al asunto. Le dije que la realidad era evidentemente que no estaba remando tan rápido como me figuraba, pero que enseguida llegaríamos a la esclusa; y seguí tirando de los remos durante otra milla.
Entonces yo mismo empecé a ponerme nervioso. Volví a mirar el mapa. Ahí estaba la esclusa de Wallingford, claramente señalada, milla y media más abajo de la de Benson. Era un mapa bueno y fiable; y, además, yo mismo recordaba la esclusa. Había pasado por ella dos veces. ¿Dónde estábamos? ¿Qué nos había pasado? Empecé a pensar que todo debía de ser un sueño, y que en realidad estaba dormido en la cama, y que me despertaría en un minuto y me dirían que ya pasaban de las diez.
Le pregunté a mi prima si creía que podía ser un sueño, y me respondió que ella estaba a punto de hacerme la misma pregunta; y entonces ambas nos preguntamos si las dos estaríamos dormidas, y de ser así, cuál de las dos era la verdadera que estaba soñando, y cuál era la que solo era un sueño; se puso bastante interesante.
Sin embargo, seguí remando, y seguía sin aparecer ninguna esclusa, y el río se volvía cada vez más sombrío y misterioso bajo las sombras que se