Posiblemente el resultado se debió a la natural tozudez de todas las cosas en este mundo. Es muy posible que la barca llegara a la conclusión, a juzgar por una ojeada superficial a nuestro comportamiento, de que habíamos salido a suicidarnos por la mañana, y se hubiera empeñado por tanto en frustrarnos. Esa es la única sugerencia que puedo ofrecer.
Aferrándonos con uñas y dientes a la borda, las pudimos apañar para mantenernos dentro del bote, pero era una labor agotadora.
Hector dijo que los piratas y otra gente de mar por lo general amarraban el timón a cualquier cosa y recogían el foque mayor durante las turbonadas fuertes, y creía que debíamos intentar hacer algo por el estilo; pero yo prefería dejar que el bote siguiera proa al viento.
Como mi consejo era, con mucho, el más fácil de seguir, terminamos por adoptarlo, y nos ingeniamos para asirnos a la borda y dejarla correr.
El bote remonta la corriente durante una milla más o menos a una velocidad a la que no he vuelto a navegar desde entonces, y a la que no deseo volver a hacerlo.
Luego, en una curva, escoró hasta que la mitad de su vela quedó bajo el agua. Después se enderezó por un milagro y voló hacia una orilla larga y baja de lodo blando.
Aquel banco de lodo nos salvó. El bote se abrió paso hasta la mitad y luego se quedó atascado. Al descubrir que éramos capaces de movernos de nuevo según nuestros propios deseos, en lugar de ser zarandeados y arrojados como guisantes en una vejiga, avanzamos a gatas y arriamos la vela.
Ya habíamos tenido suficiente navegación a vela. No queríamos exagerar y empacharnos de ella. Habíamos navegado —una buena, emocionante e interesante travesía a vela en todos los sentidos— y ahora pensábamos remar, solo por cambiar un poco, por así decirlo.