Mi amigo solía levantarse temprano por la mañana para practicar, pero tuvo que abandonar ese plan por culpa de su hermana. Ella tenía cierta inclinación religiosa y decía que le parecía algo terrible empezar el día de esa manera.
Así que en su lugar se quedaba despierto por la noche y tocaba después de que la familia se había ido a la cama, pero eso tampoco servía, ya que le dio a la casa muy mala fama.
La gente, al volver a casa tarde, se detenía afuera para escuchar, y luego iba esparciendo por todo el pueblo, a la mañana siguiente, que se había cometido un espantoso asesinato en casa del señor Jefferson la noche anterior; y describían cómo habían oído los gritos de la víctima y los brutales juramentos y maldiciones del asesino, seguidos por la súplica de clemencia y el último estertor de muerte del cadáver.
Así que le dejaban practicar durante el día, en la cocina trasera con todas las puertas cerradas; pero sus pasajes más acertados por lo general podían oírse en la salita, a pesar de estas precauciones, y conmovían a su madre casi hasta las lágrimas.
Ella dijo que le recordaba a su pobre padre (se lo había tragado un tiburón, el pobre hombre, mientras se bañaba en la costa de Nueva Guinea—de dónde venía la conexión, no supo explicarlo).
Luego le construyeron un cuartucho al fondo del jardín, a un cuarto de milla más o menos de la casa, y le obligaban a bajar allí la máquina cuando quería usarla; y a veces venía a la casa algún visitante que no sabía nada del asunto, y se olvidaban de advertirle de todo y de avisarle, y él salía a dar un paseo por el jardín y de repente se ponía al alcance del oído de aquellas gaitas, sin estar preparado para ello, ni saber qué era.
Si era un hombre de mente fuerte, solo le daba ataques; pero a una persona de intelecto medianamente común por lo general la volvía loca.