Cualquiera que conozca la naturaleza canina apenas necesita que se le diga que, para entonces, todos los demás perros del lugar estaban peleando como si sus hogares y fuegos patrios dependieran de la contienda.
Los perros grandes peleaban entre sí sin distinción; y los perros pequeños luchaban entre ellos y ocupaban su tiempo libre mordiendo las patas de los perros grandes.
Todo el vestíbulo era un perfecto pandemónium, y el estrépito era tremendo.
Una multitud se congregó afuera, en el Haymarket, y preguntó si era una reunión parroquial; o, si no, a quién estaban asesinando, y por qué.
Llegaron hombres con pértigas y cuerdas, e intentaron separar a los perros, y se llamó a la policía.
Y en medio del tumulto regresó aquella dulce y joven señorita, y levantó en brazos a su dulce perrito (él había dejado al chucho baldado durante un mes, y tenía ahora la expresión de un cordero recién nacido), y lo besó, y le preguntó si lo habían matado y qué le habían estado haciendo aquellos grandullones de perros asquerosos; y él se acurrucó contra ella y la miró a la cara con una expresión que parecía decir:
«¡Ay, qué contento estoy de que hayas venido a sacarme de este vergonzoso espectáculo!».
Ella dijo que la gente de los Almacenes no tenía derecho a permitir que cosas grandes y salvajes como esos otros perros fueran juntadas con los perros de la gente respetable, y que tenía una gran tentación de demandar a alguien.