Cogimos los remos cortos y tratamos de sacar la barca del fango, y, al hacerlo, rompimos uno de los remos. Después de eso avanzamos con muchísimo cuidado, pero eran un par de viejos trastos, y el segundo se rajó casi con más facilidad que el primero, dejándonos desamparados.
El barro se extendía unas cien yardas frente a nosotros, y detrás teníamos el agua. Lo único que se podía hacer era sentarse y esperar a que alguien pasara.
No era el tipo de día que invitara a la gente a salir al río, y pasaron tres horas antes de que se divisara un alma.
Fue un viejo pescador quien, con enorme dificultad, al fin nos rescató, y fuimos remolcados de manera ignominiosa de regreso al astillero.
Entre propinar al hombre que nos había traído a casa, pagar los remos rotos y el haber estado fuera cuatro horas y media, aquel paseo en barca nos costó una buena cantidad de semanas de propina.
Pero adquirimos experiencia, y dicen que eso siempre es barato a cualquier precio.