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nydus/Three Men in a BoatPublic
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XII. Enrique VIII y Ana Bolena

Y la puesta de sol roja arrojaba una luz mística sobre las aguas, teñía de fuego los imponentes bosques y convertía en una gloria dorada las nubes amontonadas. Era una hora de profundo encanto, de esperanza y anhelo extasiados. La pequeña vela destacaba contra el cielo púrpura, la penumbra nos rodeaba, envolviendo al mundo en sombras tornasoladas; y, detrás de nosotros, se arrastraba la noche.

Parecíamos caballeros de alguna vieja leyenda, navegando a través de un lago místico hacia el reino desconocido del crepúsculo, hacia la gran tierra del ocaso.

No fuimos a parar al reino del crepúsculo; nos fuimos de bruces contra aquella barca plana donde esos tres viejos estaban pescando. Al principio no sabíamos qué había pasado porque la vela nos tapaba la vista, pero por la naturaleza del lenguaje que se elevaba en el aire de la tarde, deducimos que habíamos llegado a las inmediaciones de seres humanos, y que estaban irritados y descontentos.

Harris dejó caer la vela, y entonces vimos lo que había pasado. Habíamos tirado a esos tres viejos de sus sillas, formando un montón revuelto en el fondo del bote, y ahora se estaban desenredando lenta y penosamente el uno del otro, y quitándose pescados de encima; y mientras trabajaban, nos maldecían; no con una maldición común y corriente, sino con maldiciones largas, meditadas a conciencia y abarcadoras, que abarcaban toda nuestra trayectoria, se proyectaban hacia el distante futuro, incluían a todos nuestros parientes y cubrían todo lo relacionado con nosotros; maldiciones buenas y sustanciosas.

Harris les dijo que debían estar agradecidos por un poco de emoción, sentados allí pescando todo el día, y también dijo que le sorprendía y entristecía oír a hombres de su edad dejarse llevar así por el mal genio.

Pero no sirvió de nada.

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