estábamos, a diez millas río arriba de Reading! Sin duda, ahora les tocaba a ellos otra vez.
No pude lograr que ni George ni Harris vieran el asunto bajo su verdadera luz, sin embargo; así que, para evitar discusiones, tomé los remos.
No había estado remando por más de un minuto más o menos, cuando George advirtió algo negro flotando en el agua, y nos acercamos.
George se inclinó, al acercarnos, y lo agarró. Y entonces se retiró con un grito y el rostro pálido.
Era el cadáver de una mujer. Flotaba con gran ligereza sobre el agua, y su rostro era apacible y sereno. No era un rostro hermoso —tenía un aspecto demasiado prematuramente envejecido, demasiado delgado y demacrado para serlo—, pero era una cara dulce y entrañable, a pesar de su impronta de escasez y pobreza, y en ella se adivinaba esa expresión de paz sosegada que a veces adquiere el semblante de los enfermos cuando por fin el dolor los abandona.
Por fortuna para nosotros—no teniendo nosotros ningún deseo de andar rondando los juzgados de instrucción—, unos hombres en la orilla también habían visto el cadáver y ahora se hicieron cargo de él en nuestro lugar.
Supimos la historia de la mujer más tarde. Por supuesto, era la vieja, viejísima y vulgar tragedia. Había amado y había sido engañada—o se había engañado a sí misma—De cualquier modo, había pecado—algunos de nosotros lo hacemos de vez en cuando—y su familia y amigos, naturalmente escandalizados e indignados, le habían cerrado sus puertas.
Left to fight the world alone, with the millstone of her shame around her neck, she had sunk ever lower and lower. For a while she had kept both