Continué flotando durante un cuarto de milla más o menos, y entonces avisté un bote de pesca amarrado en la corriente, en el que se sentaban dos viejos pescadores. Me vieron acercarme hacia ellos y me gritaron que me apartara de su camino.
—No puedo —grité de vuelta.
“Pero tú no lo intentas”, respondieron.
Les expliqué el asunto cuando me acerqué más, me agarraron y me prestaron una pértiga. El azud estaba a solo cincuenta yardas más abajo. Me alegro de que estuvieran allí por casualidad.
La primera vez que fui a punt —navegar en barcaza— iba en compañía de otros tres muchachos; iban a enseñarme cómo se hacía. No podíamos empezar todos a la vez, así que dije que bajaría primero y sacaría la barcaza, y así podría andar por ahí y practicar un poco hasta que ellos vinieran.
No pude conseguir una barca plana aquella tarde, estaban todas ocupadas; así que no me quedó más remedio que sentarme en la orilla, mirar el río y esperar a mis amigos.
No hacía mucho que estaba sentado allí cuando mi atención se vio atraída por un hombre en una barca que, según observé con cierta sorpresa, llevaba una chaqueta y una gorra exactamente iguales a las mías.
Era evidentemente un novato en el manejo de la barca, y su actuación resultaba sumamente interesante. Nunca sabías lo que iba a pasar cuando metía la pértiga; él, por lo visto, tampoco lo sabía.
A veces salía disparado río arriba y otras veces río abajo, y en otras ocasiones simplemente giraba sobre sí mismo y subía por el otro lado de la pértiga. Y con cada resultado parecía igualmente sorprendido y molesto.