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nydus/Three Men in a BoatPublic
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XIX

Nos quejamos bastante. Pensábamos que, al menos, podría haberlo encalado o alquitranado⁠—haberle hecho algo para distinguirlo de un pequeño rastro de naufragio⁠—, pero él no le veía ningún defecto.

Hasta parecía ofendido por nuestras observaciones. Dijo que nos había elegido el mejor bote de toda su existencia, y que creía que podríamos haber sido más agradecidos.

Él dijo que Pride of the Thames había estado en uso, tal como estaba entonces (o más bien tal como se sostenía entonces), durante los últimos cuarenta años, que le constara, y que nadie se había quejado antes, y no veía por qué debíamos ser nosotros los primeros en empezar.

No volvimos a discutir.

Atamos el llamado bote con unos trozos de cuerda, conseguimos un poco de papel tapiz y lo pegamos sobre las partes más gastadas, dijimos nuestras plegarias y subimos a bordo.

Nos cobraron treinta y cinco chelines por el alquiler del retal durante seis días; y habríamos podido comprar el chisme por entero por cuatro chelines y seis peniques en cualquier almoneda de restos náufragos de la costa.

El tiempo cambió al tercer día⁠—¡Ah! Ahora estoy hablando de nuestro presente viaje⁠—y salimos de Oxford en nuestro viaje de regreso en medio de una llovizna persistente.

El río⁠—con la luz del sol destellando en sus olas danzarinas, dorando los troncos grisáceos de las hayas, brillando a través de los oscuros y frescos senderos del bosque, persiguiendo sombras sobre los bajíos, arrojando diamantes desde las ruedas de los molinos, lanzando besos a los lirios, retozando con las aguas blancas de las presas, plateando muros y puentes cubiertos de musgo, alegrando cada pequeña aldea, endulzando cada

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