George se tomó la diversión con más sobriedad y no se apartó del paraguas.
Izamos la lona antes de almorzar, y la mantuvimos puesta toda la tarde, dejando tan solo un pequeño espacio en la proa desde el cual uno de nosotros pudiera remar y vigilar. De esta forma avanzamos nueve millas, y amarramos para pasar la noche un poco más abajo de Day’s Lock.
No puedo decir sinceramente que pasáramos una alegre velada. La lluvia caía con persistencia silenciosa. Todo en el bote estaba húmedo y pegajoso.
La cena no fue un éxito. El pastel de ternera frío, cuando no se tiene hambre, tiende a empalagar. Sentía que quería boquerones fritos y una chuleta; Harris balbuceó sobre lenguados con salsa blanca, y le pasó los restos de su pastel a Montmorency, quien lo rechazó y, aparentemente insultado por el ofrecimiento, se fue a sentar solo al otro extremo del bote.
George pidió que no habláramos de estas cosas, al menos hasta que hubiera terminado su carne fría de vaca cocida sin mostaza.
Jugamos al penny nap después de cenar. Jugamos durante una hora y media más o menos, al cabo de la cual George había ganado cuatro peniques —a George siempre le da la suerte con las cartas— y Harris y yo habíamos perdido exactamente dos peniques cada uno.
Pensamos que entonces dejaríamos de apostar. Como dijo Harris, fomenta una emoción malsana cuando se lleva demasiado lejos. George se ofreció a continuar y darnos la revancha; pero Harris y yo decidimos no seguir luchando contra el Destino.
Después de aquello, nos preparamos un ponche caliente, nos sentamos alrededor y nos pusimos a charlar.