uno o dos collies, un San Bernardo, unos cuantos perdigueros y Terranovas, un lebrel, un caniche francés, con mucho pelo alrededor de la cabeza, pero sarnoso por la mitad; un bulldog, unos cuantos animalitos de los de la galería Lowther, del tamaño de ratas, y un par de chuchos de Yorkshire.
Allí estaban sentados, pacientes, buenos y pensativos. Una solemne paz parecía reinar en aquel vestíbulo. Un aire de calma y resignación —de suave tristeza— impregnaba la habitación.
Luego entró una dulce señorita, que llevaba un fox-terrier de aspecto manso, y lo dejó, encadenado allí, entre el bulldog y el caniche.
Se sentó y miró a su alrededor por un minuto. Luego alzó los ojos hacia el techo y pareció, a juzgar por su expresión, estar pensando en su madre.
Luego bostezó. Luego miró a los otros perros, todos silenciosos, graves y dignos.
Miró al bulldog, que dormía sin sueños a su derecha.