cualquier posición como pescador del Támesis, se requeriría más juego de imaginación, más poder de invención del que parecía poseer.
Algunos tienen la impresión de que todo lo que se requiere para ser un buen pescador es la capacidad de decir mentiras con facilidad y sin ruborizarse; pero esto es un error. La mera fabricación burda es inútil; el más novato puede apañárselas con eso. Es en el detalle circunstancial, en los toques embellecedores de probabilidad, en el aire general de escrupulosa —casi pedante— veracidad, donde se reconoce al pescador experimentado.
Cualquiera puede venir y decir: «¡Vaya!, ayer por la tarde atrapé quince docenas de percas»; o «El lunes pasado saqué un gobio que pesaba dieciocho libras y medía tres pies desde la punta hasta la cola».
No hay arte, ni destreza alguna, requeridos para esa clase de cosas. Muestra valor, pero eso es todo.
No; vuestro experto pescador desdeñaría decir una mentira de ese modo. Su método es un estudio en sí mismo.
Entra silenciosamente con el sombrero puesto, se apropia del sillón más cómodo, enciende su pipa y se pone a fumar en silencio.
Deja que los jóvenes se jacten un rato y luego, durante una pausa momentánea, se quita la pipa de la boca y comenta, mientras sacude la ceniza contra los barrotes:
«Bueno, el martes por la noche tuve un botín del que no sirve de mucho que le hable a nadie».
—¡Ah!, ¿por qué es eso? —preguntan.
«Porque no espero que nadie me crea si lo hiciera», responde el viejo con calma, y sin el menor rastro de amargura en el tono, mientras vuelve a