ritmo con estilo enérgico, o charlando amigablemente con algún viejo aguador al pasar)—, hasta pasada la otra orilla de Henley, se muestra algo desprovisto de encanto y monótono.
Nos levantamos bastante temprano el lunes por la mañana en Marlow, y fuimos a darnos un baño antes de desayunar; y, al volver, Montmorency hizo el imbécil de una manera espantosa.
El único tema sobre el que Montmorency y yo tenemos alguna diferencia seria de opinión son los gatos. A mí me gustan los gatos; a Montmorency, no.
Cuando me encuentro con un gato, le digo: «¡Pobre minino!», me agacho y le hago cosquillas en un lado de la cabeza; y el gato levanta la cola de un modo rígido, de hierro colado, arquea el lomo y se frota la nariz contra mis pantalones; y todo es gentileza y paz.
Cuando Montmorency se encuentra con un gato, se entera todo el vecindario; y se desperdician suficientes improperios en diez segundos como para durarle a un hombre normalmente respetuable toda la vida, administrándolos bien.
No culgo al perro (contentándome, por regla general, con propinarle un buen capón en la cabeza o tirarle piedras), porque supongo que es su naturaleza.
Los fox-terriers nacen con una cantidad de pecado original cuatro veces mayor que la de otros perros, y harán falta años y años de esfuerzo paciente por parte de nosotros, los cristianos, para lograr una reforma apreciable en la alborotada naturaleza del fox-terrier.
Recuerdo haber estado un día en el vestíbulo de los almacenes Haymarket, y a mi alrededor había perros por todas partes, esperando el regreso de sus dueño, que estaban comprando dentro. Había un mastín,