cinco minutos después, cuando la coges, es un enredo espantoso y repugnante para el alma.
No deseo ser ofensivo, pero creo firmemente que si cogieras un cabo de remolque corriente, lo estiraras en línea recta por medio de un campo y luego le volvieras la espalda durante treinta segundos, cuando volvieras a mirar, descubrirías que se las ha ingeniado para hacerse un ovillo en el centro del campo, se ha torcido, se ha hecho nudos, ha perdido los dos extremos y se ha llenado de lazos; y te llevaría una buena media hora, sentado allí en la hierba y maldiciendo todo el tiempo, volver a desenredarlo.
Esa es mi opinión sobre los remolques en general. Por supuesto, puede haber excepciones honorables; no digo que no las haya. Puede haber remolques que sean un orgullo para su profesión —remolques concienzudos y respetuosos—, remolques que no se imaginen que son labores de ganchillo y traten de tejerse a sí mismos en forma de tapetes en el preciso instante en que se les deja solos. Digo que puede haber tales remolques; espero sinceramente que los haya. Pero yo no he dado con ellos.
Esta estacha la había recogido yo mismo justo antes de llegar a la esclusa. No quise dejar que Harris la tocara, porque es un descuidado. La había enrollado lenta y cautelosamente, la había atado por el medio, la había doblado en dos y la había colocado suavemente en el fondo de la barca.
Harris la había levantado con aire científico y se la había puesto en la mano a George. George la había cogido con firmeza, la había apartado de sí y había empezado a desenredarla como si estuviera quitándole los pañales a un recién nacido; y, antes de haber desenrollado una docena de yardas, el artefacto se parecía más a un felpudo mal hecho que a cualquier otra cosa.
Es siempre lo mismo, y algo parecido pasa siempre en relación con ello. El hombre en la orilla, que está tratando de desenredarlo, piensa que toda la