Y Jack y Tom, bastante agotados por semejante esfuerzo de conversación, vuelven a quedarse dormidos una vez más. Y los dos ingenuos muchachos de los remos se sienten muy orgullosos de que les permitan remar con unos remeros tan maravillosos como Jack y Tom, y se esfuerzan con más ahínco que nunca.
Cuando yo era joven, solía escuchar estos relatos de mis mayores, los asimilaba, me los tragaba, digería cada una de sus palabras y luego pedía más; pero la nueva generación no parece tener la fe sencilla de los viejos tiempos. Nosotros —George, Harris y yo— llevamos a un «novato» con nosotros una vez la temporada pasada, y lo abrumamos con los embustes de costumbre sobre las maravillosas hazañas que habíamos hecho durante todo el trayecto.
Le dimos todas las habituales —las mentiras consagradas por el tiempo que han servido río arriba a todos los remeros durante años— y añadimos siete totalmente originales que habíamos inventado nosotros mismos, incluida una historia verdaderamente verosímil, basada en cierta medida en un episodio casi verdadero, que le había ocurrido de forma modificada hacía unos años a unos amigos nuestros—, una historia que un niño de pecho podría haber creído sin lastimarse, mucho.
Y aquel joven se burlaba de todos ellos, y quería que repitiéramos las proezas allí mismo, y nos apostaba diez a uno a que no lo hacíamos.
Nos pusimos a charlar sobre nuestras experiencias en el remo esta mañana, y a rememorar historias de nuestros primeros pinitos en el arte de la marinería de remo. Mi propio recuerdo náutico más antiguo es el de cinco de nosotros aportando tres peniques cada uno y alquilando una embarcación de extraña factura en el lago de Regent’s Park, para secarnos después en la caseta del guardabosques.
Después de aquello, habiéndome aficionado al agua, practiqué bastante el excursionismo en balsa por varias tenerías de las afueras, un ejercicio