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nydus/Three Men in a BoatPublic
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XII. Enrique VIII y Ana Bolena

saltaron y casi le sacan un ojo. Mientras se curaban las heridas, intenté hacerle un agujero al trasto con el extremo puntiagudo del bichero, y el bichero se resbaló y me tiró de un estallido entre el bote y la orilla a sesenta centímetros de agua cenagosa, y la lata rodó, intacta, y rompió una taza de té.

Entonces todos nos enfurecimos. Sacamos la lata a la orilla, y Harris fue a un campo y trajo una piedra grande y afilada, y yo volví a la barca y saqué el mástil, y George sostuvo la lata y Harris apoyó el extremo afilado de su piedra contra la parte superior de esta, y yo tomé el mástil, lo alcé en el aire, reuní todas mis fuerzas y lo dejé caer.

Fue el sombrero de paja de George lo que le salvó la vida aquel día. Todavía conserva ese sombrero (lo que queda de él), y, en las tardes de invierno, cuando se encienden las pipas y los muchachos cuentan milongas sobre los peligros que han pasado, George lo baja y lo enseña, y se vuelve a contar la emocionante historia, cada vez con nuevas exageraciones.

Harris salió librado con apenas una herida superficial.

Después de eso, quité la lata yo mismo y la golpeé con el mástil hasta que quedé exhausto y con el corazón destrozado, momento en el que Harris se hizo cargo.

Lo aplanamos a golpes; lo cuadramos de nuevo; lo machacamos dándole todas las formas conocidas por la geometría, pero no pudimos hacerle un agujero. Entonces George se puso con él y lo dejó en una forma tan extraña, tan estrambótica, tan sobrenatural en su salvaje fealdad, que se asustó y tiró el mástil. Luego los tres nos sentamos a su alrededor en la hierba y nos quedamos mirándolo.

Tenía una gran abolladura en la parte superior que parecía una sonrisa burlona, y nos puso furiosos, de modo que Harris se abalanzó sobre el

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