trasto, lo cogió y lo arrojó lejos, en mitad del río, y mientras se hundía le lanzamos nuestras maldiciones, y nos subimos al bote y nos alejamos remando de aquel lugar, sin detenernos hasta llegar a Maidenhead.
Maidenhead en sí es demasiado presumido como para resultar agradable. Es el refugio del river swell y de su mal vestida compañera. Es la ciudad de los hoteles ostentosos, frecuentados principalmente por dudes y coristas de ballet. Es la cocina de la bruja de la que emergen esos demonios del río: las lanchas a vapor.
El duque del London Journal siempre tiene su «lugarcito» en Maidenhead; y la heroína de la novela de tres tomos siempre cena allí cuando se va de juerga con el marido de otra.
Pasamos rápidamente por Maidenhead, y luego moderamos la marcha, recorriendo sin prisa ese gran tramo más allá de las esclusas de Boulter y Cookham.
Los bosques de Clieveden aún lucían su delicado vestido primaveral, y se alzaban desde la orilla del agua en una larga armonía de tonos difuminados de verde feérico.
En su belleza intacta, este es tal vez el tramo más encantador de todo el río, y con nostalgia apartamos lentamente nuestra pequeña embarcación de su profunda paz.
Llegamos al remanso, justo debajo de Cookham, y tomamos el té; y, cuando cruzamos la esclusa, ya era de noche. Se había levantado una brisa bastante fuerte —a nuestro favor, para variar; porque, por regla general en el río, el viento siempre te da de cara vayas por donde vayas. Lo tienes en contra por la mañana, cuando sales para una excursión de un día, y remas un buen trecho pensando en lo fácil que será regresar con la vela. Luego, después del té, el viento roza y tienes que remar duro contra él todo el camino de vuelta.