El corpulento y viejo esclusero, o su esposa de aspecto alegre, o su hija de ojos brillantes, son gente agradable con quien mantener una breve charla. Allí te encuentras con otras embarcaciones y se intercambian chismes del río. El Támesis no sería el país de las maravillas que es sin sus esclusas adornadas de flores.
A propósito de esclusas, me viene a la memoria un percance que George y yo estuvimos a punto de sufrir una mañana de verano en Hampton Court.
Era un día glorioso, y la esclusa estaba abarrotada; y, como es práctica habitual río arriba, un fotógrafo especulativo nos estaba tomando una foto a todos mientras yacíamos sobre las aguas crecientes.
No capté lo que estaba pasando al principio y, por lo tanto, me sorprendió muchísimo ver a George alisarse apresuradamente los pantalones, desordenarse el pelo, colocarse la gorra de lado y con aires descarados en la nuca y luego, adoptando una expresión de fingida afabilidad y tristeza, sentarse con elegancia e intentar esconder los pies.
Mi primera ocurrencia fue que de pronto había divisado a alguna muchacha conocida, y miré a mi alrededor para ver quién era.
Todo el mundo en la esclusa parecía haberse vuelto de madera de repente. Estaban todos de pie o sentados en las posturas más pintorescas y curiosas que he visto jamás fuera de un abanico japonés.
Todas las muchachas sonreían. ¡Ay, qué dulces se veían! Y todos los muchachos fruncían el ceño, con un aspecto severo y noble.
Y entonces, por fin, la verdad se abrió paso en mi mente como un relámpago, y me pregunté si llegaría a tiempo.