Después de huevos con tocino, dice: «¡Trabaja!». Después de bistec y cerveza porter, dice: «¡Duerme!». Después de una taza de té (dos cucharadas por taza, y no lo dejes reposar más de tres minutos), le dice al cerebro: «Ahora, levántate y muestra tu fuerza. Sé elocuente, profundo y tierno; contempla, con ojo claro, la Naturaleza y la vida; despliega tus blancas alas de pensamiento trémulo y echa a volar, como un espíritu divino, sobre el mundo turbulento que está debajo de ti, ¡a través de largos senderos de estrellas llameantes hasta las puertas de la eternidad!».
Después de unos panecillos calientes, dice:
“Sé aburrido y desalmado, como una bestia del campo—un animal sin cerebro, de mirada apática, sin el destello de ninguna chispa de fantasía, ni de esperanza, ni de miedo, ni de amor, ni de vida”.
Y después del brandy, tomado en cantidad suficiente, dice:
“Vamos ahora, necio, sonríe y haz piruetas para que tus semejantes se rían—babosea en tu insensatez, y escupe sonidos absurdos, y muestra qué pobre y desvalido pazguato es el hombre cuyo ingenio y cuya voluntad se ahogan, como gatitos, lado a lado, en medio dedo de alcohol”.
No somos más que los más míseros, patéticos esclavos de nuestro estómago. No vayáis tras la moralidad y la rectitud, amigos míos; vigilad atentamente vuestro estómago y comed con cuidado y sensatez. Entonces la virtud y la satisfacción vendrán a reinar en vuestro corazón, sin que tengáis que buscarlas con ningún esfuerzo; y seréis un buen ciudadano, un marido amoroso y un padre cariñoso—un hombre noble y piadoso.