Pero ni aquello logró animarle; le pareció aburrido de algún modo, de modo que dejó el ajedrez e intentó leer. Tampoco parecía capaz de interesarse por la lectura de ningún tipo, así que se volvió a poner el abrigo y salió a dar un paseo.
Era horriblemente solitario y lúgubre, y todos los policías con los que se cruza lo miraban con indisimulada sospecha, le enfocaban sus linternas y lo seguían a todas partes, y esto tuvo al fin tal efecto en él que empezó a sentir como si realmente hubiera hecho algo, y acabó por ir escabulléndose por las calles secundarias y escondiéndose en portales oscuros cuando oía acercarse el reglamentario chancleteo.
Por supuesto, esta conducta hizo que las fuerzas del orden desconfiaran de él aún más que antes, y solían ir a echarlo de allí y preguntarle qué hacía; y cuando él respondía: «Nada», que simplemente había salido a dar un paseo (eran entonces las cuatro de la mañana), ponían cara de no creerle, y dos agentes de civil lo acompañaron a su casa para ver si de verdad vivía donde había dicho que vivía.
Lo vieron entrar con su llave, y luego tomaron posiciones enfrente y se quedaron vigilando la casa.
Pensó que encendería el fuego cuando entrara y se prepararía un poco de desayuno, solo para matar el tiempo; pero no parecía capaz de tocar nada, desde un cubo de carbón hasta una cucharilla, sin que se le cayera o tropezar con ello, y haciendo tanto ruido que temía mortalmente que despertara a la señora G., y que esta creyera que eran ladrones y abriera la ventana y gritara «¡Policía!», y que entonces esos dos detectives irrumpieran, lo esposaran y se lo llevaran a rastras al juzgado de guardia.
Por entonces se hallaba en un estado de nerviosismo enfermizo, y se figuraba el juicio, y a él mismo intentando explicar las circunstancias al jurado, y a nadie creyéndole, y a él siendo condenado a veinte años de trabajos forzados, y a su madre muriendo de pena.