Henley se estaba preparando para la regata, y bullía de actividad. Nos cruzamos con un buen número de conocidos por el pueblo, y en su agradable compañía el tiempo pasó casi sin darnos cuenta, de modo que eran casi las diez y media cuando emprendimos nuestra caminata de cuatro millas a casa —como ya nos habíamos acostumbrado a llamar a nuestra pequeña embarcación a estas alturas—.
Era una noche lúgubre, algo fría, con una fina lluvia cayendo; y mientras marchábamos con fatiga por los campos oscuros y silenciosos, hablando en voz baja el uno con el otro, y preguntándonos si íbamos por el buen camino o no, pensábamos en el acogedor bote, con la luz brillante filtrándose a través de la lona tensada; en Harris y en Montmorency, y en el güisqui, y deseábamos estar allí.
Evocábamos la imagen de nosotros mismos adentro, cansados y con un poco de hambre; del río sombrío y los árboles sin forma; y, como una luciérnaga gigante debajo de ellos, nuestra querida y vieja embarcación, tan acogedora, cálida y alegre.
Podíamos vernos cenando allí, picando carne fría y pasándonos trozos de pan; podíamos oír el alegre repiqueteo de nuestros cuchillos, las risas llenando todo el espacio y desbordándose a través de la abertura hacia la noche. Y nos apresuramos a hacer realidad la visión.
Por fin dimos con el camino de sirga, lo cual nos alegró mucho; porque hasta entonces no habíamos estado seguros de si caminábamos hacia el río o nos alejábamos de él, y cuando uno está cansado y quiere irse a la cama, incertidumbres de ese tipo lo inquietan. Pasamos por Skiplake mientras el reloj daba los cuartos para las doce; y entonces George dijo, pensativo:
“No te acordarás por casualidad de cuál de las islas era, ¿verdad?”
“No”, respondí, empezando a ponerme pensativo también, “no lo sé. ¿Cuántos hay?”