No le veía la gracia a nada, y así se lo hice saber a George, pero él solo se rio aún más. Nunca había visto a un hombre reírse tanto. Al final perdí por completo los modales con él y le señalé la clase de majadero, imbécil y retrasado mental que era; pero él solo rugió con más fuerza. Y entonces, justo cuando estaba sacando la camisa, me di cuenta de que no era mi camisa en absoluto, sino la de George, que había confundido con la mía; con lo cual la gracia del asunto me golpeó por primera vez y comencé a reírme. Y cuanto más miraba de la camisa mojada de George a George, que se tronchaba de risa, más me divertía, y me reí tanto que tuve que dejar que la camisa volviera a caer al agua.
—¿No vas a—a—sacarlo? —dijo George, entre gritos.
No pude responderle en absoluto durante un rato, de tanto que me reía, pero, al fin, entre mis carcajadas logré soltar a trompicones:
“¡No es mi camisa, es la tuya!”
Jamás en toda mi vida había visto el rostro de un hombre cambiar de animado a severo con tanta rapidez.
—¡Cómo! —gritó, dando un brinco—. ¡Estúpida alondra! ¿Por qué no tienes más cuidado con lo que haces? ¿A qué diablos no te vas a vestir a la orilla? No sirves para andar en bote, eso es lo que pasa. Dame el pescante.
Intenté hacerle ver la gracia del asunto, pero no pudo. George es a veces muy corto para entender una broma.
Harris propuso que tomáramos huevos revueltos para desayunar. Dijo que los cocinaría él. Por lo que contaba, parecía que se le daba muy bien preparar huevos revueltos. A menudo los hacía en los días de campo y cuando iba de excursión en yate. Era bastante famoso por ellos. Las personas que habían probado alguna vez sus huevos revueltos, según dedujimos de su conversación, no volvían a importunarles ningún otro