miserable, narigudo, de aspecto inmundo, malnacido. ¡Ven acá!
Y se abalanzó sobre aquella pobre tetera y la agarró por el pico.
Entonces, a través de la quietud vespertina, estalló un aullido espeluznante, y Montmorency abandonó el bote y dio un paseo higiénico tres veces alrededor de la isla a razón de treinta y cinco millas por hora, deteniéndose de vez en cuando para enterrar el hocico en un poco de lodo fresco.
Desde aquel día, Montmorency miró la tetera con una mezcla de respeto, recelo y odio. Cada vez que la veía, le gruñía y le ladraba rápidamente, con el rabo entre las piernas, y en cuanto la ponía en el fogón, salía inmediatamente de la barca y se sentaba en la orilla hasta que todo el asunto del té había terminado.
George sacó su banjo después de cenar y quiso tocarlo, pero Harris se opuso: dijo que le dolía la cabeza y que no se sentía con fuerzas para soportarlo. George pensó que la música podría hacerle bien; decía que la música a menudo calmaba los nervios y quitaba el dolor de cabeza, y dio dos o tres notas con el banjo, solo para mostrarle a Harris cómo era.
Harris dijo que prefería el dolor de cabeza.
George nunca ha aprendido a tocar el banjo hasta el día de hoy. Ha tenido que enfrentarse a demasiados desalientos de todo tipo.
Intentó practicar un poco durante dos o tres noches, mientras estábamos de excursión por el río, pero nunca fue un éxito. El lenguaje de Harris solía bastar para desquiciar a cualquiera; a lo que hay que añadir que Montmorency se sentaba aullando sin parar durante toda la interpretación. No era darle al hombre una oportunidad justa.
—¿A qué viene que se ponga a aullar así mientras estoy tocando? —exclamaba indignado George, mientras le apuntaba con una bota.