El deseo que creció en Harris y en mí, a medida que los melancólicos acordes avanzaban, era echarnos al cuello del otro y llorar; pero mediante un gran esfuerzo contuvimos las lágrimas que acudían a nuestros ojos, y escuchamos la melodía salvaje y nostálgica en silencio.
Cuando llegó el estribillo hicimos incluso un esfuerzo desesperado por estar alegres. Volvimos a llenar las copas y nos unimos; Harris, con la voz temblorosa de emoción, llevando la voz cantante, y George y yo siguiéndole unas pocas palabras por detrás:
“Dos bellos ojos negros; ¡Oh! ¡qué sorpresa! Por solo decirle a un hombre que se equivocaba, Dos—”
Allí se nos rompió el alma. El pathos inefable del acompañamiento de George a aquel «dos» fuimos incapaces de soportarlo, dado nuestro estado de depresión en aquel momento. Harris sollozó como un niño pequeño, y el perro aulló hasta que creí que se le iba a partir el corazón o la mandíbula.
George quería continuar con otra estrofa. Pensaba que cuando le hubiera cogido un poco más el tranquillo a la melodía, y pudiera imprimirle más «desparpajo», por decirlo así, a la interpretación, tal vez no parecería tan triste. El sentimiento de la mayoría, sin embargo, se oponía al experimento.
No habiendo nada más que hacer, nos fuimos a la cama—es decir, nos desnudamos y dimos vueltas en el fondo del bote durante unas tres o cuatro horas. Después de lo cual, nos las arreglamos para conciliar un sueño intermitente hasta las cinco de la mañana, hora en que nos levantamos todos y desayunamos.