Harris dijo:
“Si nunca pruebas algo nuevo, ¿cómo puedes saber cómo es? Son hombres como tú los que obstaculizan el progreso del mundo. ¡Piensa en el hombre que probó por primera vez la salchicha alemana!”
Fue un gran éxito, aquel estofado irlandés. No creo haber disfrutado nunca más de una comida. Había algo tan fresco y picante en él. El paladar de uno se cansa tanto de las viejas cosas trilladas: aquí había un plato con un sabor nuevo, con un gusto como ninguna otra cosa en la tierra.
Y también era nutritivo. Como decía George, tenía buenos ingredientes. Las patatas y los guisantes quizás estuvieran un poco más blandos de la cuenta, pero todos teníamos buena dentadura, así que eso no importaba mucho; y en cuanto a la salsa, era todo un poema —quizás un poco demasiado pesada para un estómagos delicados, pero nutritiva.
Terminamos con té y tarta de cerezas. Montmorency tuvo una pelea con la tetera a la hora del té, y salió perdiendo por mucho.
Durante el viaje, había manifestado una gran curiosidad en cuanto a la tetera. Se sentaba a observarla mientras hervía, con expresión desconcertada, y de vez en cuando intentaba despertarla gruñéndole.
Cuando empezaba a chisporrotear y a echar vapor, la consideraba un desafío y quería pelearse con ella, solo que, en ese preciso instante, siempre aparecía alguien a toda prisa para arrebatarle su presa antes de que pudiera alcanzarla.
Hoy determinó adelantarse. Al primer ruido que hizo la tetera, se levantó, gruñendo, y avanzó hacia ella en actitud amenazante. Era solo una tetera pequeña, pero tenía mucha agallas, y se levantó y le escupió.
—¡Ah, te atreverías! —gruñó Montmorency, enseñando los dientes—; ya te enseñaré yo a insolentarte con un perro trabajador y respetable;