encontrar alguna vez su cama cuando se levantara, cualquiera de las dos operaciones le resultaría una absoluta imposibilidad.
Nos levantamos temprano a la mañana siguiente, ya que queríamos estar en Oxford para la tarde. Es sorprendente lo temprano que uno puede levantarse cuando está de campamento. Uno no anhela «solo cinco minutos más» ni por asomo tanto, acostado envuelto en una manta sobre las tablas de una barca, con una bolsa de viaje como almohada, como lo hace en una cama de plumas. Habíamos terminado de desayunar y habíamos pasado la esclusa de Clifton a las ocho y media.
Desde Clifton hasta Culham las orillas del río son planas, monótonas y poco interesantes, pero, tras pasar la esclusa de Culham—la más fría y profunda del río—, el paisaje mejora.
En Abingdon, el río pasa junto a las calles. Abingdon es una típica población rural de orden menor: tranquila, sumamente respetable, limpia y desesperadamente aburrida. Se enorgullece de ser antigua, pero resulta dudoso que pueda competir en este aspecto con Wallingford y Dorchester. Una famosa abadía se alzó aquí en otro tiempo, y hoy en día, dentro de lo que queda de sus sanctas paredes, se elabora cerveza bitter.
En la iglesia de San Nicolás, en Abingdon, hay un monumento a John Blackwall y a su esposa Jane, quienes, tras llevar una feliz vida matrimonial, murieron exactamente el mismo día, el 21 de agosto de 1625; y en la iglesia de Santa Elena se registra que W. Lee, quien murió en 1637, «tuvo en vida descendencia de sus lomos de dos cientos menos tres». Si haces el cálculo, verás que la familia del señor W. Lee ascendía a ciento noventa y siete personas. El señor W. Lee —cinco veces alcalde de Abingdon— fue, sin duda, un benefactor para su generación, pero espero que no abunden los de su clase en este siglo diecinueve tan sobrepoblado.
Desde Abingdon hasta Nuneham Courteney hay un tramo encantador.