encender la pipa y le pide al mesonero que le traiga un güisqui escocés doble, con hielo.
Hay una pausa después de esto, y nadie se siente lo suficientemente seguro de sí mismo como para contradecir al viejo caballero. Así que tiene que continuar solo, sin ningún tipo de estímulo.
—No —continúa pensativo—; yo mismo no lo creería si alguien me lo contara, pero es un hecho, a pesar de todo. Llevaba allí sentado toda la tarde y no había pescado absolutamente nada, salvo unas cuantas docenas de tepocates y una veintena de lucios, y ya estaba a punto de darlo todo por perdido cuando de repente sentí un tirón bastante fuerte en el sedal.
¡Pensé que era otro pececito y fui a tirar de él para levantarlo. ¡Que me cuelguen si podía mover la caña! Me costó media hora —¡media hora, señor!— sacar ese pez, ¡y en cada momento pensé que el sedal se iba a romper! Por fin lo alcancé, ¿y qué cree que era? ¡Un esturión! ¡Un esturión de cuarenta libras! ¡pescado con sedal, señor!
Sí, bien puede poner cara de sorpresa; otra de escocés, patrón, por favor.
Y luego sigue contando el asombro de todos los que lo vieron; y lo que dijo su mujer, cuando llegó a casa, y lo que pensó Joe Buggles al respecto.
Le pregunté una vez al dueño de una posada río arriba si no le hacía daño, a veces, escuchar los relatos que los pescadores de por allí le contaban, y él respondió:
“Oh, no; not now, sir. It did used to knock me over a bit at first, but, lor love you! me and the missus we listens to ’em all day now. It’s what you’re used to, you know. It’s what you’re used to.”
Conocí a un joven una vez, era un tipo de lo más concienzudo y, cuando le dio por la pesca con mosca, decidió no exagerar nunca sus capturas en más de un veinticinco por ciento.